Bitácora

Ahora cuénteme una de piratas

Recuerdo que alguna vez tuve un disfraz de pirata, aunque no estoy seguro de haber encontrado ningún tesoro más allá de una bolsa llena de dulces.

Cuando pedía dulces no tenía mapa, de hecho, mi seguridad dependía de un vecino algunos años mayor. Los años le habían concedido la sabiduría necesaria para descartar lugares en los que no valía la pena desperdiciar saliva cantando.

Alguna vez mi mapa fue una hoja impresa, todas las indicaciones paso a paso estaban en un papel arrugado que guardaba en la mochila junto a Lúcuma, mi pequeño mono capuchino de peluche.

Desde que tengo memoria o mejor, desde que decidí recordar las cosas, siempre he llegado a las citas o media hora antes o media hora después, salvó casos excepcionales en los que puedo llegar hasta tres horas después, ofreciendo, claro está, recompensas. Así qué para no perder la costumbre, aquélla vez llegué media hora antes. La maleta pesaba y yo estaba en una ciudad desconocida, según las indicaciones el siguiente paso consistía en buscar un monumento en el centro de una plaza.

La luz del día comenzaba a escasear, así que aproveché sus últimos rezagos para buscar alrededor alguna pista, si lo que buscaba era una torre, seguro se podía ver la parte superior. Al menos eso pensaba yo, pero no logré ver más que un cielo despejado y oscuro.

Con el mapa en las manos, caminé hacía donde creía que podía estar la torre, como siempre pasa, mi brújula interna me condujo al lugar que buscaba sin muchas complicaciones. No había nadie, caminé en círculos varias veces tratando de hacer que las agujas del reloj se movieran más rápido.

Luego de veinte minutos de espera, busqué un locutorio para averiguar si algo había pasado. Ya me imaginaba una noche larga vagando por las calles de una ciudad desconocida, tratando de buscar un lugar para pasar la noche.

Felizmente, no tuve que dormir bajo un puente. Simplemente el lugar del encuentro había cambiado. Tuve que retomar mis pasos hasta la estación de autobuses.

Empujé la puerta y ahí estaba, ocupando un pequeño lugar en una banca. Al verme se abalanzó sobre mi, nos abrazamos como si lleváramos un siglo sin vernos. En ese momento la maleta dejó de pesar, la ciudad dejó de sentirse fría y el destino ya no importaba siempre y cuando fuéramos juntos.

Puede que yo no hubiera sido un pirata, que el mar no fuera mar sino estuario y que el mapa estuviera mal hecho, puede que faltara la tripulación y el barco. Nos faltó todo, lo sé, no fue una buena historia de piratas pero aún así encontré mi tesoro.

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