Bitácora

Blancanieves y los siete polvitos

Cuando trabajaba y era pudiente fui a La Piscina con mis compañeros de oficina, no fuimos silbando o cantando “Heigh ho” durante todo el camino, nadie llevaba picas o palas y en realidad no éramos siete. Blancanieves resultó no ser tan pura y la madrastra no quería matarla sino aprovecharse de su inocencia.

Hubo pequeñas ligerezas que no encajaban con la versión original, los zapatos de hierro eran mucho más parecidos a tacones y no los usaba la madrastra sino Blancanieves, nadie se había tomado la molestia de calentarlos al fuego y aunque no debía danzar hasta la muerte sí debía hacerlo hasta el cansancio. Blancanieves sí lucía lazos pero no la asfixiaban, de hecho estaban repartidos en lugares estratégicos de su cuerpo, cubriendo esos pequeños detalles que quería guardar para la imaginación, si es que eso era posible. No le ofrecían peines sino penes y tomaba con placer y sin reparo de las botellas que le convidaban durante sus recorridos de reconocimiento a posibles clientes. Tampoco había manzanas envenenadas, aunque no puedo asegurar que no hubiera habido tragos adulterados, uno nunca sabe.

A pesar del nombre, La Piscina, no era un lugar para nadar, afortunadamente, mis múltiples cursos me han dejado el mismo conocimiento nulo, igual la profundidad promedio que alcanzaba a cubrir el agua, no superaba los treinta centímetros. Más que un balneario era una pasarela gigante, con puentes como cualquier castillo.

La madrastra se encargaba de recibir las pequeñas dotes que las personas interesadas ofrecían por Blancanieves ya que dependiendo de la cantidad se acordaba desde la calidad hasta la duración del servicio. Clientes asiduos tenían precios y descuentos especiales.

Blancanieves se contoneaba y se hacía desear, se exhibía a cada paso y coqueteaba con cualquiera que le devolviera la mirada. Ya entrada la noche y luego de algunas cervezas, decidimos reunir dinero para pagar un show privado, de esos que llevábamos viendo desde hacía algunos momentos en diferentes mesas. La protagonista bailaría para nosotros por una módica suma, hicimos una vaca y creo que no es necesario explicar quién puso las tetas o mejor, quién las iba a poner o en dónde.

Sellado el acuerdo Blancanieves se encargó de proveerse los elementos necesarios para conseguir un entretenimiento adecuado y completo, como toda profesional en los artes amatorios.

La sillas habían sido dispuestas en círculo, todos estábamos sentados al rededor, una voz se encargó de dar el anuncio por el altavoz dándole paso a la música y a su vez al espectáculo. Entre dildos, bolas chinas, crema de afeitar, manos y tetas, se encargó de lograr repartirse de la mejor manera posible sobre cada uno de nosotros, cada uno en un turno y envistiéndonos de forma diferente, cada uno en un flanco e intentando no repetir extremidad o restregada. La crema de afeitar empezó en su cuerpo pero terminó repartida en los nuestros, habían manchas blancas por todos lo rincones.

Demostró su flexibilidad, su creatividad casi nula y los diferentes modos que conocía para sobar su cuerpo contra otros cuerpos, así como su habilidad para interactuar con una barra fija entre el techo y el piso. Nos mostró su fuerza defendiendo su cuerpo a puños cuando alguien, que no había pagado por ella y por sus atributos, intentó tocarla. Luego de un momento , se recompuso para seguir frotando sus pezones en la nuca de alguno. La función fue corta, luego de dos canciones y media recogió lo poco que se había quitado para volver a cubrirse, más que para cubrir su vergüenza para aparentar algo de pudor y entre otras cosas, disimularlo.

Se despidió, no sin antes mencionar que por una pequeña contribución, un poco más elevada que la anterior, cualquiera que estuviera interesado podía subir con ella a conocer su habitación, sus habilidades secretas y de paso el espejo mágico que estaba sobre su cama. Otra sutil diferencia era que el espejo no hablaba, no decía nada, sólo escuchaba en silencio sus gemidos y le recordaba de vez en cuando lo hermosa que seguía siendo.

Ninguno subió, al menos ninguno de nosotros, seguíamos siendo enanos trabajadores y ella buscaba un príncipe que la despertara no con besos y con amor, eso no es importante en los cuentos de hadas, con que tenga para pagar una buena cuota ella sería capaz de profesarle amor eterno al menos durante quince minutos, bueno, eso en realidad depende del príncipe.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s