Seriada

IIII

Yo siempre tomo el metro a las ocho de la mañana. Generalmente camino dos calles y entro a la estación, mientras bajo las escaleras eléctricas compruebo cómo el oxígeno va disminuyendo a cada metro que desciendo pero me distraigo ojeando la primera página del periódico gratuito, que como todas la mañana, recibo en la entrada.

Hoy hubo un leve retraso en la línea naranja, el destino no quiere que nos crucemos. Todas las mañanas te veo, bueno, no todas, pero sí las mejores. Algunos días estás de pie, otros sentada. Lo primero que hago al abordar el vagón es buscarte, pocas veces he fallado y créeme que el viaje no es lo mismo si te veo desde el vagón contiguo.

La voz robótica anuncia que el metro vuelve a funcionar con normalidad, el sonido del tren se puede sentir acercándose, hoy el día no va a brillar como siempre porque me va a faltar tu sonrisa pero no puedo hacer nada más que resignarme a vivir un día gris.

El metro se detiene, las puertas se abren, entro al vagón y mi día se ilumina sólo por encontrarte, ahí estás, sentada, leyendo, la felicidad me llena por completo. Aquí estoy yo, a tu lado, te acompaño a donde vayas, dime tu nombre, cuéntame acerca de ése libro que lees con tanta emoción, de qué trata. Tengo las preguntas, me siguen faltando las respuestas. Estoy a menos de un metro de distancia pero no soy capaz de hablarte. Anda, no seas tímida, gira un poco, sonríe, haz que mi día luminoso se convierta en resplandeciente, haz que la mañana valga la pena.
Un hombre mayor te ha pedido algunos centavos para una sopa caliente, a pesar de ir ocupada leyendo le prestaste atención y lo ayudaste, luego sonreíste.

Muero por decirte lo que pienso, por sentarme a tu lado y entablar una conversación; por romper el hielo y calentarme con tus palabras, hace ya siete meses que voy contigo al trabajo, aunque no sé si trabajas, ¿acaso estudias?

La próxima estación es la tuya, ésa en la que te separas de mi vida para regresar en las mañanas afortunadas que la suerte se pone de mi lado. Te veo alistar tus cosas, acomodar tu cabello oscuro por fuera de la chaqueta y luego, así, sin más, te levantas y sales de mi vida sin decir adiós. Sin dejar una sonrisa de más para que yo me lleve a la oficina y me acompañe a lo largo del día.

“Adiós, nos vemos mañana, cuídate”. No lo dije en voz alta pero lo pensé en mayúsculas, así parezca un grito, así se note mi grado de emoción. Miré tu lugar vacío, una anciana gorda lo había ocupado, a su lado en el suelo, había un guante, tu guante.

Las puertas se abrieron, sin detenerme a pensar, tomé el guante y salí del vagón.

3 thoughts on “IIII”

  1. Esas son cosas que yo hago todo el tiempo. Me ha gustado mucho este post. Me gustaría saber que termina la historia*o*

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