Seriada

II

Luego de mucho pensarlo decidió que pagaría con la tarjeta de crédito, igual sería sólo una cuota y el costo, en realidad, no era la gran cosa, treinta dólares no van a hacer rico a nadie. A pesar de tratar de convencerse a sí misma que estaba haciendo lo mejor y que era una buena idea, algo en su interior la hacía seguir dudando.

El primer paso fue sencillo, consistía en llenar un formulario de registro. Aunque le tomó casi cuarenta y cinco minutos escoger un nombre de usuario. Pensaba que era su carta de presentación, que debía ser un nombre claro, corto, conciso, elegante y a la vez que cualquier hombre que lo leyera se sintiese atraído a conocerla. A pesar de consultar desde su horóscopo hasta el mensaje de los ángeles para ese día, no consiguió la inspiración que buscaba y terminó mezclando varias opciones. Se llamaría PetiteDragonDamour45, los otros adjetivos que no logró acomodar pensaba utilizarlos en su perfil personal dentro de la página. No era amante de los animales mitológicos, la verdad lo escogió simplemente porque si hay tantos chinos en el mundo que creen en el año del dragón, quién era ella para llevarles la contraria, además puede que le traiga algo de suerte.

Durante tres horas estuvo decidiendo cuál sería su avatar, no lograba ponerse de acuerdo consigo misma. Las fotos en las que intentaba acomodar su mirada seductora resultaban perfectas para un anuncio de alergias en primavera y en las que sonreía conseguía parecer la promoción de algún tratamiento dental, salvo que ella lucía como la foto previa al tratamiento.

Finalmente utilizó un primer primerísimo plano de su ojo, eso sí, algo atormentado por el flash de la cámara automática y también por el pequeño cepillo para aplicar la pestañina, en un descuido tonto se había equivocado de dirección, maquillándose el ojo en lugar de las pestañas. Era una fotografía sencilla, sin pretensiones, un ojo abierto, desenfocado y con algunos vasitos sanguíneos reventados. La idea no era ganar ningún concurso y con que lograrán ver su bello ojo sería suficiente, creía ciegamente en que los ojos son la ventana de alma y su alma era tan seductora que cualquiera caería rendido a sus pies.

El resto fue inspiración divina, una serie de frases cortas que sacó de un libro de poesías servirían para describir su personalidad, creía que así guardaba algo del misticismo, además había mentido un poco en el peso, las medidas y su tamaño. Había pensado en justificar las inexactitudes con un fallo en la base de datos de la página, todo sería culpa de los ingenieros y su falta de cuidado o de su ella misma y su poco conocimiento del mundo de la informática.

Suspiró y se quedó observando fijamente la pantalla de su computador portátil, ya había seguido todos los pasos, sólo restaba sentarse a esperar que los hombres hambrientos de carne fresca aparecieran y se sintieran atraídos, su actitud sería de mujer difícil, no iba a ser una labor sencilla conquistarla, tendrían que esforzarse para lograr su amor, porque ella quería amor verdadero, nada de relaciones fugaces, no estaba buscando quién la invitara a tomarse un “petit café”, ella quería un hombre que le durara toda la vida y con el cual pudiera sentarse algún día a ver las olas del mar en algún paraje tropical, lejos del frío de la ciudad.

Mal contadas las horas acababa de completar siete, dos de espera y el resto de preparación, nadie había escrito, no tenía ningún mensaje nuevo, ni siquiera uno viejo. Un par de hombres que parecían salidos de un geriátrico revisaron su perfil pero no la contactaron. Alcanzó a emocionarse cuando recibió el correo de bienvenida a la página de citas y tuvo un arranque de ansiedad cuando su conexión a internet pareció caerse unos minutos.

Pasadas nueve horas decidió que era un buen momento para moverse, se daría treinta minutos para levantarse, ir al baño, preparar algo de comer y regresar a seguir pendiente de su perfil y de los hombres que buscaban salir con ella.

El sonido del microondas la hizo regresar a la realidad, su mente había estado viajando por una escena romántica perfecta, ella, él, ambos, caminando despacio y tomados de la mano. Buscó una cuchara, mezcló la avena un poco, volvió a cerrar la puerta del microondas y presionó el botón de inicio. Cinco minutos más tarde estaba sentada de nuevo frente al computador esperando. La avena estaba especialmente insípida esa noche de viernes, pensó en utilizar algunas uvas secas para darle algo de sabor dulzón mas tuvo miedo de perder algo importante. Su bandeja de entrada seguía igual, ni siquiera el encargado de la página había contestado cuando le envió preguntando su nombre, si estaba comprometido y si quería salir a tomar un café, todas preguntas casuales, todas preguntas sencillas para empezar una conversación.

Le dolía el brazo de sostener su mejilla toda la noche, su codo desnudo apoyado sobre la mesa comenzaba a hormiguearle, estaba a punto de rendirse e ir a la cama, al menos para descansar la espalda unos minutos pero algo en su interior la obligaba a quedarse unos segundos más, a no perder de vista la pantalla, a no perder las esperanzas.

Un correo, luego dos, cuatro, diez, veinte, los mensajes aparecían y aparecían, su bandeja de entrada antes vacía, ahora se encontraba atestada, recibió un mensaje de error comunicando que excedía el espacio de almacenamiento y que su cuenta sería bloqueada momentáneamente. El teléfono comenzó a sonar, repicaba cada vez más fuerte, lentamente las imágenes se hacían borrosas, se desvanecían en negro, tuvo miedo, el teléfono sonaba insistente, escuchó su voz en el mensaje de la contestadora, luego escuchó lo que parecía ser una grabación recordándole que debía pagar la factura de su servicio celular antes del día dos del mes. Abrió los ojos, pestañeó un par de veces, reconoció el espacio donde se encontraba, movió los ojos ubicándose y luego de unos segundos posó sus ojos sobre la bandeja de entrada, vacía, tal como lo había estado desde que borró el mensaje de bienvenida.

Suspiró, sonrió con una sonrisa triste, de esas en las que los labios se van hacia una mejilla mientras los ojos a medio cerrar miran la nada. Se sintió triste, se sintió sola, se sintió vacía, vio como las ganas se le esfumaban y como las esperanzas se le escurrían por las piernas. Movió el ratón, iba a cerrar la sesión e intentar dormir. En el momento justo en que el puntero se posó sobre el botón para salir, regresó la mirada a la bandeja y ahí, silencioso, tranquilo, pequeño e indefenso, un correo la esperaba.

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