Bitácora

Lo siento Amparo pero ha llegado el momento de separarnos

Al fin di de baja mi bicicleta, la dejé resguardada del invierno para que no termine congelada y consumida por el óxido. Me faltó romper una botella de champaña para hacer su debida inauguración como medio de transporte temporal y además, escribir su nombre en letra manuscrita en algún lugar de su existencia. Pero si no hubo para comprar la tarjeta del metro, menos para la champaña. Igual aún sin la debida declaración y su posterior celebración, se llama y se seguirá llamando Amparo.

Es un modelo clásico y cuenta en su haber con una sucesión de retoques distribuidos a diestra y siniestra. Tal como la diva colombiana, no hace falta ser muy detallista para advertir que la cadena está oxidada o que ante amenaza de lluvia los frenos se convierten en elementos caprichosos que funcionan más por la intervención divina que por la intervención mecánica producida por la desesperada acción de mis manos.

Cinco meses utilizando una bicicleta para movilizarme en la ciudad, me enseñaron que así se llamara Amparo, sus cualidades no tenían nada que ver con su nombre, no era un buen resguardo de la lluvia, de hecho, era mi cuerpo el que la cubría.

Desconozco qué tan buen ejercicio resulta la constante utilización de una bicicleta de ciudad, sólo puedo atestiguar que mis piernas sufrieron avatares incesantes los primeros días y que éstos últimos, también se vieron afectadas como consecuencia del otoño que recién se acomoda y del invierno que se acerca.

No está demás suponer que el descubrimiento de las técnicas de criogénia moderna y de conservación de espermatozoides a temperaturas bajo cero, se debió haber basado en las observaciones de un científico que acostumbraba viajar en bicicleta durante los meses de otoño. Es así como en el futuro, si es que algún día llegase a pasar, no tendría primogénie sino criogénie.
No estoy seguro si fue una revelación divina para que empiece a vender helados de hijitos, he leído que es un producto codiciado y con bastantes nutrientes, pero no creo que la empresa llegase a despegar y mucho menos en estos meses en que las temperaturas juegan a bajar y a subir como un yo-yo.

Ya sobreviví el verano y sus excesos, sin mencionar el tráfico, ahora debo aprender a soportar el otoño, que algunas veces me recuerda a Bogotá y otras tantas me hace pensar que el otoño se va a convertir en mi temporada favorita cuando por fin conozca al temido invierno.

Supongo que lo importante en este momento es que no estire mucho las piernas dormido, puede que por error empuje la bicicleta y puede que mi solución de apoyarla en la ventana no resulte tan conveniente cuando amanezca con el manubrio en la boca.

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