Bitácora

La parábola del buen vecino

A penas he completado dos meses viviendo en Montreal y ya me pregunto cómo voy a hacer para pasar una calle sin ver un contador que me diga cuántos segundos tengo antes que el semáforo cambie de color. Algo que nunca necesité pero algo que ya me acostumbré a utilizar.

Vivir en otro país es como cuando uno iba de visita a la casa del vecino, bueno al menos al principio.

Uno se toma la sopa (así se tenga complejo de Mafalda), prueba los jugos de frutas exóticas que le nevera familiar no sabe que existen, recoge el desorden, saluda, hace lo que le dicen, se lava las manos antes de comer, usa esas palabras cordiales y respetuosas que a duras penas sabe pronunciar, de ser posible hasta se intenta ser la fiel copia del superhombre que propone, no Nietzsche, sino Carreño, en su famosa urbanidad; porque el mayor miedo era no caer bien y que la mamá de mi vecino llamara a mi mamá y me prohibiera la entrada a la casa contigua a la mía.

Las cosas no son muy diferentes cuando se cambia la casa vecina por el país vecino, pero si el país queda un poco más distante se vuelve aún más respetuosa la situación, uno come los platos típicos y sonríe así sepan a vómito del animal nacional, prueba los jugos de frutas exóticas, saluda, sonríe, no bota basura en la calle, pasa el semáforo por las esquinas y sin dejar de pisar en ningún momento la cebra. ¡Momento! ¿Aquí se le llama cebra a esas sucesión de líneas que sirve como pasarela a bandas inglesas y en casos más mundanos a simples mortales como yo?

Uno se convierte en un ciudadano modelo porque el miedo ahora no es que no lo admitan de regreso en la casa del vecino, ya no van a llamar a mi mamá, ahora si no me comporto llamarían a mi país y le dirían que me he portado mal y que me mandan de regreso. Que me prohiben la entrada y que gracias pero no. Así que mi plan maestro de conseguir alguien que me ofrezca dinero por darle la ciudadanía se iría al suelo.

Pero al final de cuentas no es necesario ser perfecto, más de un local cruza las calles en la mitad o se salta semáforos en rojo, gritan, pitan y hasta me echan el carro encima cuando voy en bicicleta, la diferencia es que son menos los que lo hacen. Por ahora seguiré esperando que el contador se ponga en el número más alto y que no se me confunda el verde con el rojo para cruzar la calle, no tanto por intentar ser el ciudadano del año, sino por evitar alguna multa, la verdad prefiero mecatiarme los dólares en pendejadas inútiles como el noventa por ciento de las cosas que venden en este país.

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